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03 marzo 2013

MAQUIAVELO, 500 AÑOS DESPUÉS























El nuevo escenario mexicano exige una alta dosis de realismo político, por lo que no existe mejor manera de iniciar este año 2013, que recordando a Nicolás Maquiavelo, quien hace exactamente 500 años concibió un libro que cambió la historia del pensamiento político. En 1513 escribió “El Príncipe” como un tratado de doctrina política en el cual expuso las características de los principados y los métodos para mantenerlos o conquistarlos. Nicolás Maquiavelo, introduce la palabra Estado, para indicar lo que los griegos llamaron Polis y los romanos Res-publica. Con Maquiavelo la política se convierte en una técnica –y en un “arte”- para la conquista y el mantenimiento del poder, un poder que debe ser, al mismo tiempo, fuerte, estable y duradero, y que está representado por el Príncipe, y más precisamente, por el Estado. Maquiavelo sostiene que la mayor virtud del gobernante es garantizar la paz a través de un poder centralizado para conservar su propia posición y el bienestar de sus súbditos. En su obra ofrece consejos a los gobernantes para tener un Estado seguro, y a los ciudadanos, para tener un Estado libre.

















 


La noción de política en Maquiavelo fue determinante para comprender las nuevas claves de la modernidad. Los alcances de su contenido inauguraron toda una tradición de pensamiento fundada en el realismo político y la Razón de Estado. Maquiavelo fue uno de los más grandes visionarios de su tiempo y su sabiduría política ha llegado hasta nuestros días. El contenido central de sus trabajos fue por mucho tiempo incomprendido: a su realismo político, a todas luces producto de su época, pero fundamental en la formación de la fama que hasta hoy mantiene de despiadado y pragmático, habría que sumar la otra cara de la moneda, es decir, sus escritos sobre el republicanismo y las virtudes cívicas. Introduce los conceptos de virtud, fortuna y Estado, y aborda el estudio de la política desde la perspectiva de la objetividad histórica, realizando comparaciones entre la comunidad italiana de su tiempo con la antigua República Romana.




Maquiavelo lleva a cabo una clasificación de los gobiernos: primero, los que se heredan y se transforman en poder despótico; segundo, la República en donde el poder reside en la voluntad jurídica; tercero, el aristocrático que es un gobierno colegiado y restringido; cuarto, el democrático representado por el poder de la asamblea; y finalmente, una combinación entre las diferentes formas, que denomina gobierno mixto. De acuerdo con el pensador florentino, el único modo a través del cual una comunidad puede renovarse, y de este modo escapar a la decadencia y a la ruina, es el de regresar a los orígenes, es decir, a los principios fundadores de la comunidad. Pero este regreso exige que los orígenes históricos y las condiciones materiales en que el poder actúa sean claramente reconocidos y entendidos. Por un lado, se dirige a la historia buscando verla en su objetividad y en su fundamento permanente, que es la sustancia inmutable de la naturaleza humana; y por el otro, se dirige a la realidad política que lo circunda y a la consideración de la vida asociada en su verdad efectiva, renunciando a Repúblicas ideales que “nunca se han visto o conocido”.


Para Maquiavelo, el límite de la actividad política se encuentra en su propia naturaleza. La tarea política no tiene necesidad de derivar del exterior su moralidad, es decir, la norma que la justifica y le impone límites. La actividad política se justifica por sí misma, a través de la exigencia que la caracteriza para conducir a las personas hacia una forma ordenada y libre de convivencia, y encuentra su único límite en las posibilidades de éxito de los medios adoptados.



Maquiavelo no olvida que ciertos medios extremos y repugnantes son antipolíticos, porque, al final, se dirigen contra quien los adopta y hacen imposible el mantenimiento del Estado. Pero aún así, el dominio de la acción política se extiende a todo aquello que ofrece la garantía de éxito, que es la estabilidad y el orden de la comunidad política.