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17 junio 2013

LIBEREN AL TÍBET



La visita del presidente de China Xi Jinping, evidencia la posibilidad de cambios en la política exterior mexicana. China es una potencia mundial con la que debemos mantener relaciones que no se limiten sólo al plano económico, sino que se prolonguen al ámbito político. Compartir una posición estratégica en la Región Asia-Pacífico ofrece un abanico de oportunidades, retos y obligaciones para con la comunidad internacional. La visita, que hoy concluye, priorizó aumentar la cooperación comercial con nuestro país considerado una importante economía emergente. En 2012 fuimos la segunda nación que recibió exportaciones de China, después de Brasil. Entre las prioridades mexicanas está reducir la enorme asimetría comercial, así como atraer inversiones del gigante asiático. México no se ha beneficiado de la creciente demanda de materias primas por parte de China y, además, ambas naciones disputan el acceso al mercado estadounidense. En esta competencia, la geografía está a nuestro favor: exportar un producto desde México tarda 72 horas mientras que desde China 20 días. La última visita de un presidente chino fue la de Hu Jintao, en septiembre de 2005, desde entonces, las relaciones se mantuvieron estancadas. Además, con la visita del líder religioso Dalai Lama, en septiembre de 2011, China acusó a México de “intervenir en sus asuntos internos” y de “herir el sentimiento del pueblo chino” después de que el entonces presidente Calderón se reunió, en privado, con el máximo representante del budismo tibetano. El Dalai Lama ha visitado tres veces nuestro país: en 1989 cuando inauguró la Casa Tíbet México, que es la primera representación cultural oficial del pueblo tibetano en América Latina, en 2004 cuando celebró su quinceavo aniversario y, la última, en 2011. Esta vez, el gobierno del presidente Peña Nieto ha hecho saber, discretamente, que evitará cualquier encuentro con el líder budista y símbolo de la resistencia a la ocupación militar por parte de China.



Asumiendo una perspectiva de “realismo político”, algunos consideran que deberíamos hacer caso omiso a las violaciones a los derechos humanos en China, en aras de aprovechar las oportunidades comerciales que se presentan. Pensar así, es empobrecer el ideal democrático. No debemos olvidar que hasta hace 64 años el Tíbet era un país independiente y una de las culturas más antiguas del mundo. Los Dalai Lama, cuyo nombre significa “maestro cuya sabiduría es grande como el océano”, lo gobernaron desde el siglo XVII. Sin embargo, su sometimiento se remonta a 1949 cuando Mao Zedong proclamó el establecimiento de la República Popular China, poco tiempo después, el poderoso Ejército Popular de Liberación tomó el control del Tíbet, provocando el exilio de, aproximadamente, cien mil personas. Actualmente, se ha convertido en una “Región Autónoma” de 2.5 millones de kilómetros cuadrados que colinda con la India, Nepal, Bután, Birmania, Turkestán y China. Su posición es estratégica: se encuentra en la parte más elevada del planeta y posee uno de los cinco únicos yacimientos de litio existentes, elemento indispensable para la industria de los dispositivos informáticos móviles.



El Tíbet, uno de los países más pacíficos del mundo, es en este momento, una enorme base militar. La ocupación afecta el balance geopolítico de la región causando serias tensiones internacionales, principalmente con la India, que considera la invasión un acto de expansión imperialista. En respuesta, China ha brindado tecnología nuclear a Pakistán, enemigo histórico de la India, acentuando la hostilidad entre esos países. Se considera que más de un millón de tibetanos han sido asesinados, seis mil monasterios construidos entre los siglos VII-X han sido destruidos, y lo más detestable, el “genocidio cultural” que destruyó gran parte de su literatura religiosa e histórica durante la “revolución cultural” maoísta de 1966-1976. Por si no bastase, Beijing impuso una política de asentamientos, por lo que en la actualidad, conviven en el Tíbet más de ocho millones de emigrados chinos, con una población de la etnia tibetana cercana a los tres millones, representando un típico caso de asimilación forzada.



Los antiguos habitantes del Tíbet, son una minoría en su propio país, subordinados a estereotipos de una propaganda despectiva, a presiones económicas y a políticas de reducción deliberada de los asentamientos originarios. Muchos prisioneros políticos se encuentran condenados, por realizar pacíficas manifestaciones religiosas o por distribuir propaganda pidiendo respeto a su libertad de conciencia y a sus derechos humanos. Amnistía Internacional ha denunciado que se ha reactivado la pena de muerte contra los disidentes tibetanos, que continúan las detenciones arbitrarias y los juicios injustos. No es coincidencia que se castigue con pena de muerte cualquier actividad que afecte la “unidad nacional” China.




Debemos exigir congruencia a nuestros políticos y reclamar libertad para el Tíbet. El Dalai Lama vendrá nuevamente a México y lo hará en octubre próximo. Queda por ver si el gobierno de Peña Nieto aprovechará la oportunidad para demostrar que su propuesta de política exterior es novedosa y si verdaderamente promueve los derechos humanos.